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Gestión de personas: un poco de poesía entre tanta prosa

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Llega noviembre, se acerca el fin de semana y el mundo anda algo revuelto. En la radio comentan que, laboralmente, algo se ha avanzado en este último año pero lamentablemente hemos dejado mucha ceniza y desempleo en el camino. 

Días difíciles, donde de un tiempo a esta parte, quizá también por el momento coyuntural que estamos atravesando, parece ser que la detección del talento es una de las piedras angulares de nuestro trabajo. Talento que va cambiando con el tiempo, como las nomenclaturas que otorgamos, porque las demandas de los nuevos profesionales ya son otras. 

Debemos poner en marcha de forma más urgente que nunca mecanismos para tratar de hacer que el personal empleado se sienta satisfecho, comprometido, disfrute con su desempeño y de esta forma,  retener a aquellas personas que pensamos mejor se adaptan a las necesidades y valores que la empresa quiere resaltar. Por otro, como siempre, tratar de atraer a los/as mejores.

Cuando desde RRHH nos empeñamos en potenciar aquello que tras un análisis de detección del talento hemos identificado, no sé bien si reparamos en que quizá lo más complejo no será tanto el facilitar las acciones de desarrollo adecuadas y/o acompañamientos necesarios, sino ser consciente de que por una tendencia natural casi siempre se vuelve al lugar de origen.  “Buscar el camino más cómodo es condición humana. Acomodarnos donde estamos bien asentados”, concluye un tertuliano.

Llegados a este punto me planteo varias reflexiones, una: ¿disponemos realmente de los mecanismos adecuados para medir el talento de las personas o más bien intentamos ser capaces de objetivar la intuición?  y dos y más compleja: ¿qué hacemos una vez identificado el talento y aplicado un plan de desarrollo para tratar de no volver al lugar donde ya se fue feliz? Sabina,  haciendo uso de razón cantaba aquello de “al lugar donde fuiste feliz no debieras tratar de volver”.

Llevar un seguimiento estrecho y estricto hasta hacer al personal “casi prisioneros” sería una opción, pero estaría literalmente confrontada con la idea de que el desarrollo óptimo y real tiene que surgir desde una opción de aprendizaje interno, maduro y autónomo y por tanto no sé si me convence. Otra opción podría pasar por llevar a cabo una gestión de personas/talento afectiva, para que sea efectiva.

La gestión de personas y del talento es algo que siempre ha estado presente en el mundo de las organizaciones. Hemos pasado de un liderazgo a otro, de una teoría a un teorema y de la poesía a la prosa como del blanco al negro o del yin al yang, pero no se acaba de dar con la tecla PLAY sobre cual es la mejor forma de gestión. 

 

Resuena el liderazgo emocional, el situacional, el democrático, el transformacional, el  transaccional, el natural, el carismático, el  “laissez-faire”. También del liderazgo autocrático y más bien poco del liderazgo autocrítico. En todos ellos, de una forma u otra, las emociones son la palanca de acción.

La semana pasada operaron a un familiar y me sorprendieron gratamente  los comentarios de muchos de sus ex compañeros de profesión. No me explicaban que hubiera sido el primer reumatólogo de aquel hospital y pionero en algunos de los estudios y procedimientos, me recordaron la forma en cómo les acogió, desarrolló y se comportó en todo momento con ellos. Me llama la atención cómo una persona que ha sido en parte, referente en su saber hacer, se le recuerde más aún por su modo de hacer sabiendo.

Semanas atrás le leí a Luis Prada que el gestor de Recursos Humanos ha de ser honesto y generar confianza. Suena obvio, pero me atrevería a decir que es desde mi punto de vista uno de los consejos más certeros que me han dado en este mundo empresa si tratamos con personas.  Honestidad, sinceridad  y generación de confianza,  todas ellas siempre complementadas por el diálogo. 

Sin diálogo, no generaremos confianza y por tanto si no trabajamos dicha herramienta estaremos limitando considerablemente nuestras capacidades de estimulación y gestión emocional. No inventemos, dialoguemos. Llegados a este punto me pregunto; ¿destinamos el tiempo suficiente a dialogar?, ¿todo lo que nos gustaría?.

Reivindiquemos por tanto una gestión cada vez más humana ya que si alguna cosa tenemos en común en nuestra diversidad  es precisamente esa capacidad de ser humanos, imperfectos y talentosos.

Le escuché una vez a Eduardo Galeano aquello de que si se quiere avanzar (aunque sea en la utopía), hay que estimular. ¿Seremos capaces por tanto de estimularnos y tras ello capaces de estimular?

Días difíciles, en los que hemos pecado de mucho texto y poco estímulo.Quizá, sólo quizá, como receta literaria, nos venga bien una pizca de poesía para tanta prosa.

 

Por Ignacio Ruíz De la Torre

 

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